La obsesión actual con las limpiezas faciales

limpiezas faciales

La limpieza facial se ha convertido en una especie de ritual casi religioso. Doble limpieza, triple limpieza, exfoliación diaria, aparatos que prometen resultados increíbles… parece que cuanto más te haces, mejor estás cuidando tu piel. Pero, es que vamos a ver, la piel no funciona así. La estamos atacando constantemente, necesita que la respeten. Y aquí es donde entra el primer mito que quiero desmontar sin rodeos: a más limpieza no vas a tener mejor piel. De hecho, es completamente al revés.

En consulta veo constantemente lo mismo: pieles sensibles, rojeces, brotes de alergia, piel tirante… y cuando les pregunto qué rutina de cuidado facial tienen, casi siempre me dicen los mismo: limpiezas profundas cada semana, exfoliantes usados a diario o la obsesión por dejar los poros completamente limpios, hasta afeitarse cada cuatro días toda la cara con cuchilla. Eso no es limpiar, señoras, es agredir. Puede que algunas no lo sepáis, pero la piel tiene una barrera natural (la barrera cutánea), que actúa como escudo, manteniendo la hidratación y protegiéndonos de bacterias, contaminación y agresiones externas. Cada vez que te haces una limpieza agresiva, estás debilitando ese escudo, incluso destruyéndolo. Y, cuando ese escudo se rompe, la piel deja de comportarse como una piel sana. Empieza a irritarse, a deshidratarse, a producir más grasa para compensar… y ahí es cuando empiezan los problemas de verdad.

 

La moda milagrosa coreana

Si hablamos de limpiezas y cuidado facial, ya es imposible no mencionar la famosa rutina coreana. Pero hay que poner las cosas en su sitio, porque se idealiza todo mucho. Sí, Corea ha influido muchísimo en la cosmética de ahora, y sí, la verdad es que han aportado cosas muy interesantes. Pero lo que vemos en redes sociales es solo una parte de la historia, y además con mucho filtro de purpurina. La famosa rutina de los 10 pasos no es una norma que hay que seguir, ni siquiera algo que todo el mundo en Corea siga estrictamente. Es, en gran parte, marketing.

Además, esa rutina fue diseñada pensando en el tipo de piel de la gente de corea, su cultura y su entorno. No en el nuestro. Nosotros copiamos rutinas a lo loco sin entender el contexto en el que se han hecho. Ellos tienen otro clima, otras costumbres, y otro tipo de piel. Por mucho que apliquemos los mismos productos en el mismo orden no va a darnos el mismo resultado, cuando en realidad estamos partiendo de pieles completamente diferentes y condiciones de vida que no tienen nada que ver.

 

¿Por qué la piel coreana es diferente?

La piel de muchas personas asiáticas tiene características biológicas concretas: suele tener una dermis más gruesa, mantiene la producción de colágeno durante más tiempo y presenta una distribución diferente de la melanina. Esto hace que el envejecimiento se manifieste de otra manera. No es que envejezcan mejor, envejecen distinto. A parte, ellos tienen huesos más anchos, ojos más péquelos y pómulos grandes. Así se forman menos arrugas de expresión y se mantienen con una apariencia joven más tiempo.

A eso se suman factores culturales que muchas veces se pasan por alto: el uso constante de protección solar desde edades muy tempranas, una menor exposición directa al sol en el día a día y una mentalidad mucho más preventiva que correctiva en el cuidado de la piel. Por eso, hay que entender que lo que marca la diferencia es la constancia, la prevención y el respeto que tienen por la piel.

 

El error de copiar sin adaptar

Además de todo esto que he dicho en el anterior apartado. También muchos de nosotros tenemos pieles distintas… Lo que le funciona a una chica en un video, no le funciona a todas… Porque, lo que no podemos ver en el vídeo… es que la chica tiene una piel grasa y tiene 17 años y, a lo mejor, tú tienes una piel seca y tienes 30. No es lo mismo. Tenemos que parar de hacer estas cosas…

Encima hay personas que usan exfoliantes químicos fuertes a diario, espumas limpiadoras agresivas, tónicos con alcohol y dispositivos de limpieza mecánica… todo a la vez. Y claro, la piel dice… “¿Qué está pasando ahí fuera?” Y entra en modo defensivo.

¿Qué significa el modo defensivo? Pues que empieza a producir más grasa, se inflama, aparecen granitos…

Luego encima, reaccionamos pensando que tenemos que limpiarla más. Y ahí es donde se crea el círculo vicioso. Cuanto más se agrede la piel, peor responde, y cuanto peor responde, más se insiste en tratamientos agresivos pensando que la solución está en intensificar la limpieza.

 

La mentira de los poros sucios

Otra cosa que no paro de ver en los videos es que la gente se saca como granitos de grasa de cada poro, diciendo que están sucios y que hay que limpiarlos perfectamente. Vamos a ver, los poros no son agujeros que haya que limpiar como si fueran conductos obstruidos. Son estructuras naturales de la piel. Sí, pueden acumular sebo y células muertas, pero eso no se soluciona así.

Si tu extraes esos “granitos” constantemente, que no lo son, forman parte del poro. Lo que vas a hacer es dilatar más el poro, inflamar la zona, generar marcas y alterar la producción de sebo. Es decir, a largo plazo empeoras el problema que intentabas solucionar desde el principio. Un poro obstruido se nota… se ve oscuro, tapado y, a veces. Algo inflamado. Pero, la mayoría de veces están perfectamente. Además, con tantas extracciones, a veces los puedes infectar.

 

Lo que realmente hacen las limpiezas faciales agresivas

Voy a ser clara: muchas limpiezas faciales actuales están pensadas para verse espectaculares en el momento, no para ser realmente saludables para la piel. Extracciones intensas, aparatología que aspira la piel, exfoliaciones fuertes… todo eso deja una sensación inmediata de limpieza profunda. Pero esa sensación es engañosa.

Porque lo que no se ve es lo que realmente importa. Y la piel tiene memoria. No responde solo a lo que le haces hoy, responde a la suma de todo lo que le haces a lo largo del tiempo. Por eso, esas limpiezas muy intensas que parecen tan efectivas pueden acabar pasando factura semanas o meses después.

 

Mi experiencia como dermatóloga

Esto es lo que yo veo y sé. Las pieles más sanas no son el resultado de hacerles un porrón de cosas, son las de personas que mejor entienden lo que su piel necesita… y, sobre todo, lo que no necesitan. He tratado muchas pieles que venían de rutinas exhaustivas, cargadas de productos y tratamientos agresivos, y al simplificarlas han mejorado en cuestión de semanas.

Menos rojeces, menos brotes, más equilibrio. Esto es tan fácil de entender como que, si quieres buena salud en tu cuerpo, no vas a ponerte a tomarte medicinas todos los días para mejorar la salud, ¿verdad? Lo que vas a hacer es caer enfermo… Pues aquí pasa exactamente lo mismo.

 

Muchos de los que nos dedicamos a esto estamos de acuerdo en algo

Tengo amigos en el centro de estética Linaje y hablamos mucho sobre estos temas, y curiosamente coincidimos bastante en esto. Ellos mismos reconocen que durante años se ha vendido una idea equivocada de lo que es una buena limpieza facial.

Y estamos completamente de acuerdo en algo muy importante: el mejor método de limpieza facial hoy en día no es el más exhaustivo, es el más respetuoso con la piel. Una buena limpieza pasa por adaptar el tratamiento al tipo de piel, hacer una exfoliación puntual en lugar de constante, evitar extracciones innecesarias y, sobre todo, hidratar correctamente después. Pero lo más importante es la personalización.

Para saber tu tipo de piel y lo que necesita tienes que preguntar a un profesional y luego ponerte una rutina, no verte tutoriales por internet… Y, esto es algo básico, una buena limpieza no debería dejar la piel en modo supervivencia.

 

Entonces… ¿cómo debería ser una buena limpieza facial?

Mira, si te hablo desde la experiencia de ver pieles todos los días, de escuchar historias, de ver errores repetirse… te diría que una buena limpieza facial es una rutina de mimos. Cosas que sienten bien a tu piel, la hidraten y la protejan. No la exfolien, la raspen, le peguen cosas o la succionen.

La gente ha normalizado que de una limpieza se sale con la cara roja, sensible, incluso con esa sensación de que te han dejado la piel finísima. Y claro, como lo hemos visto tantas veces, pensamos que es algo por lo que hay que pasar. Como si el sufrimiento fuera señal de eficacia. Pero nada del cuerpo humano agradece que lo lleven al límite. Tenemos que tratarnos con cabeza.

Hay que entender qué necesita tu piel en concreto. No es lo mismo una piel grasa que una seca, ni una piel joven que una más madura, ni una piel sensibilizada que una resistente.

Cuando se hace bien, la limpieza elimina lo que sobra (suciedad, restos de maquillaje, exceso de grasa) pero deja intacto lo importante. Respeta esa barrera cutánea que tanto cuesta mantener en equilibrio. No genera inflamación visible, no deja la piel ardiendo, no provoca esa tirantez que te obliga a salir corriendo a ponerte crema.

De hecho, si sales de una limpieza y lo primero que notas es incomodidad, tirantez, irritación… La piel debería sentirse ligera, fresca, equilibrada… como si respirara mejor, no como si le hubieran pegado una paliza.

La piel no debe quedar así y esa idea nos la han metido muy dentro, pero no es cierta. Una limpieza puede ser eficaz y, al mismo tiempo, respetuosa. No son conceptos opuestos.

 

Lo que realmente funciona no es viral

Esto que te voy a explicar no es glamuroso. No suele aparecer en vídeos virales ni en rutinas llenas de pasos perfectamente explicados. Pero también es verdad: lo que funciona de verdad suele ser bastante sencillo. Nosotras esperamos milagros… y eso en la naturaleza no existe.

Las personas de todas las épocas nos ponemos a pensar que la gente no ha descubierto ciertos métodos que usamos ahora y que nosotros somos más listos. Porque nos han acostumbrado a pensar que cuanto más complejo, todo es más efectivo. Que, si no hay muchos pasos, muchos productos y muchos nombres complicados, no estamos haciendo suficiente, sino lo de siempre, y lo que se ha hecho toda la vida, no funciona… Todo el mundo envejece, menos los japoneses o los coreanos…

Lo que tienes que hacer es tener una rutina coherente durante meses. Y eso pasa por cosas muy básicas: un buen limpiador suave que no altere tu piel, protección solar todos los días (aunque esté nublado, aunque no salgas mucho), una hidratación que se adapte a lo que tu piel necesita y activos bien elegidos, sin mezclar todo a la vez como si fuera un mejunje mágico.

Porque otro error muy común es ese: querer hacerlo todo al mismo tiempo. Ácidos, retinol, vitamina C, exfoliantes… todo junto, todo rápido. Y la piel, en lugar de mejorar, se descontrola. Se irrita, se sensibiliza, reacciona. Y volvemos otra vez al principio.

La realidad es mucho más tranquila. Mucho más constante. Y sí, también más aburrida si lo comparas con lo que ves en redes. Pero funciona.

Funciona entender tu piel en lugar de imitar la de otros.
Funciona escuchar cómo reacciona en lugar de imponerle rutinas.
Funciona ser constante, aunque no haya resultados inmediatos espectaculares.

No necesitas diez pasos. No necesitas tener el baño lleno de productos, ni gastarte cientos de euros. Necesitas tener cabeza y paciencia.

En el cuerpo, menos, es más. Porque es una maquina muy lista y sabe cuidarse mejor de lo que pensamos.

 

Para despedirnos

Lo que nos hace más guapos, la mayoría de las veces es lo más respetuoso, natural y sano para nosotros. Por mucho que nos pongamos un rubio platino despampanante siendo morenas, si mantenemos ese color tres años, a los tres años nuestro pelo será el de una vieja. Y, aunque nos volvamos a teñir de negro, será muy difícil recuperar su salud y pareceremos más mayores…

Así con todo, pensaos más las cosas antes de haceros esas barbaridades.

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