Cepillarse los dientes a diario y acudir al dentista para las revisiones son dos de las medidas básicas para cuidar la salud bucodental. Pero la higiene no es el único factor que influye en el estado de la boca. También existen pequeños gestos que repetimos casi sin pensar y que, cuando se convierten en una costumbre, pueden terminar afectando a los dientes, las encías, la mandíbula o incluso a la forma en la que respiramos.
Morderse las uñas, abrir envases con los dientes, masticar objetos, apretar la mandíbula en momentos de tensión o cepillarse con demasiada fuerza son algunos ejemplos. A ellos se suma un hábito menos evidente, como respirar habitualmente por la boca en lugar de hacerlo por la nariz, que puede estar relacionado con diferentes factores y tener consecuencias sobre la sequedad y el equilibrio de la cavidad oral.
Lo complicado de estas costumbres es precisamente que muchas se realizan de forma automática. Pueden aparecer mientras trabajamos, estudiamos, conducimos o estamos concentrados en otra actividad, por lo que no siempre somos conscientes de la frecuencia con la que las repetimos. Además, sus efectos no tienen por qué aparecer de inmediato: el desgaste dental, la irritación de las encías o determinados problemas de la articulación mandibular pueden desarrollarse de manera progresiva.
Por eso, además de prestar atención a la higiene, conviene observar algunos de estos comportamientos cotidianos. Identificarlos es el primer paso para intentar modificarlos y evitar que una costumbre aparentemente pequeña termine convirtiéndose en un problema bucodental. A continuación, repasamos ocho gestos y hábitos frecuentes que pueden perjudicar la salud de la boca, qué efectos pueden tener y qué medidas pueden ayudar a reducirlos.
Morderse las uñas (onicofagia)
Es probablemente uno de los hábitos más extendidos, tanto en la infancia como en la edad adulta, y suele estar asociado a momentos de nerviosismo, aburrimiento o concentración. El problema es que morderse las uñas de forma repetida ejerce una presión constante sobre los dientes frontales, lo que puede provocar:
- Desgaste y microfracturas en el esmalte dental.
- Desplazamientos leves en la posición de los incisivos.
- Mayor riesgo de infecciones, ya que se introducen bacterias de las manos directamente en la boca.
- Sobrecarga en la articulación temporomandibular si el hábito es muy frecuente.
Para reducirlo, suele ayudar identificar los momentos en los que se produce (estrés, aburrimiento, ansiedad) y sustituir el gesto por otra actividad manual, como apretar una pelota antiestrés, además de mantener las uñas cortas para quitar «el estímulo».
Usar los dientes como herramienta
Abrir una bolsa de patatas, cortar una etiqueta, sujetar un objeto mientras se tienen las manos ocupadas o quitar el tapón de una botella con los dientes son gestos que hacemos casi sin pensar, pero que someten al esmalte dental a una fuerza para la que no está diseñado. Esto puede derivar en:
- Fracturas o astillamientos en los dientes, especialmente en los incisivos.
- Aflojamiento de coronas, fundas u otras restauraciones dentales ya existentes.
- Dolor o sensibilidad tras un microtrauma repetido en la misma pieza dental.
La recomendación de cualquier dentista es sencilla, aunque cueste cumplirla: los dientes están para masticar alimentos, no para sustituir a unas tijeras.
Rechinar o apretar los dientes (bruxismo)
El bruxismo, ya sea diurno o nocturno, es uno de los hábitos más dañinos y, a la vez, más difíciles de controlar porque en muchos casos ocurre de forma inconsciente durante el sueño. Suele estar relacionado con el estrés, la ansiedad o alteraciones en la mordida, y sus consecuencias incluyen:
- Desgaste acelerado del esmalte dental.
- Dolores de cabeza, mandíbula y cuello al despertar.
- Sobrecarga de la articulación temporomandibular, que puede derivar en chasquidos o bloqueos.
- Fracturas dentales en casos severos y mantenidos en el tiempo.
El tratamiento suele combinar técnicas de manejo del estrés con el uso de una férula de descarga nocturna prescrita por el dentista, que protege los dientes del contacto directo y constante.
Fumar y el consumo de tabaco
Aunque el impacto del tabaco en los pulmones es de sobra conocido, su efecto sobre la boca suele quedar en un segundo plano. El tabaco:
- Mancha los dientes y favorece la acumulación de sarro.
- Reduce el riego sanguíneo en las encías, dificultando su capacidad de cicatrización y aumentando el riesgo de enfermedad periodontal.
- Provoca mal aliento persistente (halitosis).
- Es uno de los principales factores de riesgo para el cáncer oral.
Dejar de fumar es, sin duda, uno de los cambios de hábito con mayor impacto positivo, no solo en la salud bucodental sino en la salud general.
Consumir bebidas y alimentos ácidos o azucarados en exceso
No se trata de eliminar por completo ciertos alimentos, sino de ser consciente de la frecuencia y la forma de consumirlos. Los refrescos, zumos industriales, bebidas energéticas o el picoteo constante de dulces mantienen la boca en un ambiente ácido durante más tiempo, lo que:
- Desmineraliza el esmalte dental y facilita la aparición de caries.
- Aumenta la sensibilidad dental con el paso del tiempo.
- Favorece la proliferación de bacterias responsables de la placa dental.
Reducir la frecuencia de estos consumos, utilizar una pajita cuando sea posible y evitar cepillarse los dientes justo después de tomar algo ácido (conviene esperar unos 30 minutos, ya que el esmalte está temporalmente más blando) son medidas sencillas que marcan la diferencia.
Respirar por la boca en lugar de por la nariz
Como explican los profesionales de Clínica Dental Collado Villalba, la respiración es uno de esos hábitos esenciales que pocas veces se tienen en cuenta, y respirar por la boca de forma habitual puede tener efectos claramente perjudiciales para la salud dental.
Entre los efectos negativos que señalan se encuentran los siguientes:
- Sequedad bucal: al no pasar el aire por la nariz, las glándulas salivales se estimulan menos, lo que reduce la producción de saliva. Dado que la saliva ayuda a neutralizar los ácidos, elimina bacterias y protege los dientes, su escasez deja a la boca más expuesta frente a caries e irritación de las encías.
- Mayor riesgo de infecciones orales: la falta de saliva crea un entorno propicio para la proliferación bacteriana, lo que incrementa el riesgo de gingivitis, periodontitis y mal aliento persistente.
- Problemas en la alineación dental: mantenido en el tiempo, especialmente en la infancia, este hábito puede alterar el desarrollo de la mandíbula, ya que los músculos de la cara no trabajan como deberían, favoreciendo mordidas irregulares o malformaciones dentales.
- Aumento de la sensibilidad dental: la sequedad derivada de la respiración bucal puede hacer que los dientes reaccionen de forma más molesta ante temperaturas extremas o ciertos alimentos, además de acelerar el desgaste del esmalte.
En la misma línea, la Asociación Española de Pediatría señala que roncar por las noches, dormir con la boca abierta o la tendencia a adelantar el cuello para respirar mejor son señales que pueden indicar que un niño se ha convertido en «respirador bucal», una condición que conviene valorar con un profesional para descartar causas como la hipertrofia de amígdalas o adenoides, la rinitis alérgica o la desviación del tabique nasal.
Qué se puede hacer:
- Consultar con un otorrinolaringólogo si existe una obstrucción nasal persistente (rinitis, desviación septal, hipertrofia de adenoides o amígdalas).
- Trabajar, cuando sea necesario, con un logopeda especializado en reeducación de la función orofacial, que ayuda a recuperar el patrón de respiración nasal correcto.
- Prestar atención a signos como roncar, dormir con la boca abierta o despertarse con la boca seca, tanto en niños como en adultos.
- Mantener revisiones dentales periódicas, ya que el dentista puede detectar signos compatibles con respiración bucal (sequedad, alteraciones en la mordida) antes de que la persona sea consciente del hábito.
Cepillado demasiado agresivo
Puede parecer contradictorio incluir un exceso de higiene entre las «malas costumbres», pero cepillarse con demasiada fuerza, con un cepillo de cerdas duras o de forma horizontal y brusca, puede erosionar el esmalte y provocar recesión de las encías, dejando expuesta la raíz del diente. Esto se traduce en mayor sensibilidad y, paradójicamente, en una boca más vulnerable pese a la buena intención.
Lo recomendable es usar un cepillo de cerdas suaves, aplicar una presión moderada y realizar movimientos circulares suaves, prestando la misma atención a la técnica que a la frecuencia del cepillado.
Chuparse el dedo, el chupete prolongado o morder bolígrafos
Aunque suele asociarse casi exclusivamente a la infancia, este tipo de hábitos de succión o mordisqueo puede prolongarse mucho más de lo recomendable, tanto en niños como en adultos que sustituyen el dedo por un bolígrafo, una goma de pelo o cualquier objeto que tengan a mano mientras estudian o trabajan. Sus efectos son similares, aunque más acusados en la infancia, cuando los huesos maxilares todavía se están desarrollando:
- Alteraciones en la posición de los dientes superiores e inferiores, favoreciendo mordidas abiertas o dientes proyectados hacia delante.
- Cambios en el paladar, que puede llegar a estrecharse u ojivarse por la presión mantenida.
- En adultos, microtraumatismos y desgaste focal en los dientes que entran en contacto repetido con el objeto mordisqueado.
En el caso de los niños, la retirada progresiva del chupete o el hábito de chuparse el dedo suele recomendarse en torno a los dos o tres años, momento en el que conviene consultar con el pediatra o el odontopediatra si el hábito persiste más allá de lo esperable, ya que cuanto antes se corrija, menor es el impacto sobre el desarrollo óseo y dental.
Cómo identificar si tienes alguno de estos hábitos
Muchos de estos comportamientos son tan automáticos que resulta difícil detectarlos sin ayuda externa. Algunas señales de alarma comunes a varios de estos hábitos son:
- Dolor o sensibilidad dental que aparece sin motivo aparente.
- Desgaste visible en los bordes de los dientes.
- Dolor mandibular, de cuello o cabeza al despertar.
- Sequedad bucal frecuente, especialmente por las mañanas.
- Mal aliento persistente pese a mantener una buena rutina de higiene.
Ante cualquiera de estos signos, la recomendación es siempre la misma: acudir al dentista para valorar el origen del problema, en lugar de intentar identificarlo por cuenta propia.
El papel de las revisiones dentales periódicas
Muchos de los hábitos descritos se desarrollan de forma progresiva y silenciosa, por lo que las revisiones dentales rutinarias, cada seis meses aproximadamente, cumplen una función clave: permiten detectar signos tempranos de desgaste, sequedad, alteraciones en la mordida o inflamación gingival antes de que la persona note ninguna molestia evidente. El dentista, además, puede orientar sobre el origen del problema (bruxismo, respiración bucal, cepillado incorrecto) y derivar a otros especialistas si es necesario, como otorrinolaringólogos, logopedas u ortodoncistas.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud, alrededor del 45% de la población mundial convive con algún tipo de enfermedad bucodental, muchas de ellas prevenibles con hábitos adecuados y un seguimiento profesional regular, lo que refuerza la importancia de no subestimar comportamientos que a simple vista parecen poco relevantes.
Pequeños cambios, grandes resultados
La buena noticia es que ninguno de estos hábitos es «para siempre». Con conciencia, paciencia y, en algunos casos, apoyo profesional, es perfectamente posible corregir la mayoría de estas costumbres:
- Sustituir gestos automáticos (morder objetos, usar los dientes como herramienta) por alternativas conscientes.
- Trabajar el manejo del estrés cuando el bruxismo o la onicofagia están relacionados con la ansiedad.
- Tratar la causa de fondo, como en el caso de la respiración bucal, en lugar de limitarse a paliar sus síntomas.
- Revisar y ajustar la técnica de cepillado con ayuda del higienista dental.
Conclusión
La salud bucodental no depende únicamente de cepillarse los dientes y usar hilo dental: también está muy influida por costumbres cotidianas que solemos pasar por alto, desde morderse las uñas hasta respirar por la boca en lugar de por la nariz. Ninguno de estos hábitos aparece de un día para otro ni suele deberse a la mala suerte: casi siempre responden a una causa concreta —estrés, ansiedad, una obstrucción nasal, una técnica de cepillado inadecuada— que puede identificarse y abordarse con el acompañamiento adecuado.
Detectar estos hábitos a tiempo, entender por qué ocurren y buscar ayuda profesional cuando sea necesario permite proteger los dientes y las encías a largo plazo, evitando que pequeños gestos diarios, repetidos año tras año, se conviertan en problemas dentales mayores, más incómodos y más costosos de tratar. Al final, cuidar la boca no es solo cuestión de cepillo y pasta de dientes, sino de prestar atención a esas costumbres invisibles que, sin darnos cuenta, forman parte de nuestro día a día.